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Me sentía bien y dejé el antidepresivo. ¿Por qué recaí?


Es el error más doloroso que veo en consulta. No porque el paciente sea irresponsable. Sino porque nadie le explicó que sentirse bien es exactamente el momento en que más hay que seguir el tratamiento. La vida tiene esa ironía.

Hay una paradoja en el tratamiento psiquiátrico que confunde a casi todo el mundo: el medicamento funciona tan bien que te sientes normal, y entonces concluyes que ya no lo necesitas. Esa lógica parece razonable. Pero es la que más recaídas produce.


La analogía que más ayuda: las gafas. Si las usas y ves bien, ¿las dejas porque ya ves bien? No. Las gafas no curan la miopía: la compensan mientras las llevas puestas. El antidepresivo funciona de forma similar: mientras está presente, tu cerebro funciona mejor. Al quitarlo antes de tiempo, el sistema vuelve a donde estaba.

Esto no significa que el medicamento sea para siempre. Significa que el retiro tiene que ser planeado, gradual y con tu médico. No una decisión de domingo porque te sientes bien y decidiste que ya.


¿Qué pasa cuando se deja de golpe? Dos cosas: síntomas de discontinuación —mareos, náuseas, irritabilidad, esa extraña sensación de choque eléctrico en el cuerpo— que no son peligrosos pero son muy incómodos. Y, en muchos casos, una recaída semanas después.


Entre el 30% y el 70% de los pacientes no termina el tratamiento antidepresivo en los primeros tres meses. La razón más frecuente: se sintieron mejor y lo dejaron. Tú no tienes que ser parte de esa estadística.


¿Recaíste? Eso no significa que fallaste. Significa que el tratamiento no se completó. La buena noticia es que se puede volver a empezar. Y esta vez, con más información.


Sentirte bien no es el final del camino. Es la señal de que vas por buen camino. Sigue. 🩵

Serenamente — por Serénima Medizen, Farmacia Especializada en Salud Mental

 
 
 

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